Enseñanza Religiosa Escolar  

   

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- Llamamos a ser honestos ante nosotros mismos, y ante el mundo, como Iglesia, para decirle una vez más: no conocemos, ni nos corresponde propiamente, una alternativa social al modelo de economía de mercado capitalista para ponerla al alcance soberano de todos, pero la pregunta es si queremos implicarnos en su búsqueda, o al menos si vamos a sumarnos a la corrección social de lo más injusto, o si por el contrario, concluimos de un hecho social, ("nos falta una alternativa"), una creencia o ideología inaceptable, ("no puede existir").
Creemos que este pesimismo absoluto sobre la historia humana, hoy, es incompatible con los conocimientos sociales, y sobre todo, para nosotros y con toda seguridad, es incompatible con la fe en el Dios de Jesucristo, que ha dado a la vida humana oportunidades ciertas de mejora. Hay un margen para la libertad siempre; es nuestra condición ética y, para nosotros, la fe cristiana lo corrobora de forma inigualable; esto nos permite y exige activar las búsquedas humanas en esa dirección, la de bien común o de la justicia de una vida digna para todos.
Echarse a un lado al hablar de algo nuevo y mejor para todos, con un realismo social exasperante, suena a engaño de quienes más tienen o a sometimiento de quienes viven (vivimos) amenazados. Pero el miedo no es un buen juez en la causa de la justicia social y la fe debe ayudarnos a entenderlo y superarlo. De hecho, denunciamos que los medios de comunicación están llenos de expertos que explican lo que pasa y lo presentan, de inmediato, como justificación de su postura política. Explicar algo no es justificar eso mismo o su contrario. La "cosa" requiere éticamente más esfuerzo. Ha habido y hay una enorme pereza intelectual en la política y en el análisis de la crisis, que más parece interés que desconocimiento.
- Nos reclamamos por tanto hijos de la esperanza para salir de esta situación juntos, de la esperanza religiosa en Dios y de la esperanza razonable en los hijos e hijas de la historia humana, ¡van juntas!; porque hay medios conocidos, eso sí, a sabiendas de que se requieren sacrificios de todos en proporción a las posibilidades y responsabilidades. En este sentido, todos somos necesarios, pero algunos son tan poderosos y ricos (personas, empresas o países...), que resultan imprescindibles. Ninguno, sin embargo, podemos delegar en otros, ni siquiera en el Estado, nuestra cuota parte de responsabilidad. Ninguno puede valorar la suya al margen de los demás.
- Cualquier salida requiere también de política; política profesional y movimiento social con significado político; no se trata del juego de partidos, hablamos del bien común. Nadie regala nada sin presión, nadie se aviene a un pacto social porque sí, por mor del bien común ensalzado desde distintas fuerzas morales y religiosas. Las ideas morales no mueven el mundo solas, y sin ellas el movimiento del mundo es perverso.
- Conocemos las dificultades, los intereses económicos en juego y la lucha partidista por gobernar, pero nosotros creemos firmemente en el bien común y exigimos con realismo su operatividad como pacto social; hoy se dice por todos lados que pasó el tiempo del pacto social en el mundo y en cada país; que los mercados han impuesto su ley, sin margen para las medidas sociales; "sálvese quien pueda", parece una máxima política inapelable; creemos, como bien apunta la Caritas in veritate, y lo hacen Organismos Internacionales, Centros de Estudios Sociales y Líderes con responsabilidad política de primer rango, nada sospechosos, que son posibles medidas fiscales, sociales, laborales, comerciales y políticas que nos sitúen en línea con un bien común digno de nuestra vida en común.
Creemos en esto, y sabemos que requiere una mediación democrática adecuada y mínima, en cada país, en comunidades de países y en el mundo, por lo que hemos de preguntarnos, ¿la democracia ha cambiado de naturaleza ante el creciente poder de los mercados financieros, o dónde está el poder soberano, hoy? ¿No se parte de una soberanía política de los mercados financieros como factor indiscutible en cuanto al mundo posible y su justicia? Y esto, ¿qué justicia es?
- No vamos a ocultar que ese bien común lo entendemos con preferencia inequívoca de los más pobres y débiles del mundo, y de nuestra sociedad, desde la que modestamente hablamos. Desde ellos, desde la dignidad de su vida, exigimos que se plantee lo más urgente y hasta lo que es irrenunciable como personas. De nuevo decimos, quiméricos, no, pero justos, siempre. La crítica de idealismo que este planteamiento merece no es ridícula, ciertamente, pero no es definitiva y, hoy, mucho menos. No hay mayor idealismo que el realismo llevado hasta el silencio: lo que decíamos, la explicación técnica convertida en justificación ética. Parece claro que la mayoría de los que provocaron la crisis, y más se lucraron de ella, son los que ahora imponen sus soluciones. ¿Hemos de callar por realismo?
- Nuestra mejor aportación ha de ser ciertamente religiosa y moral, abriendo nuestra conciencia sobre la vida y su sentido al Dios del amor incondicional, reordenando a partir del prójimo más débil nuestra jerarquía de valores, reinterpretando la vida en común desde los pueblos y personas más necesitados, mejorando nuestra disposición a la justicia y la solidaridad en cada uno de los creyentes y en las instituciones de la Iglesia; transmitiendo esta confianza en la Vida a todos los hombres y mujeres, a tiempo y a destiempo.
- En concreto, la Iglesia es titular de Centros de Estudio Universitarios de primer nivel, y de medios de comunicación de no escasa importancia. Es necesario que en ellos ocupe un lugar destacado la formación, información y práctica más honesta posible. Y ante la crisis, parece que esos Centros Universitarios debieran primar la pregunta por las medidas políticas, técnicas y éticas, que podrían mejorar nuestro mundo y país. Dar a conocer lo que ya se sabe en cuanto a posibles medidas, y valorar honestamente las tomadas, sería un servicio imprescindible. A ellos les toca esa tarea social, más si cabe que a otros, y no sólo brindar los mejores profesionales al sistema económico en un sentido técnico, y a lo sumo, con una cuidada moral privada y familiar. La moral pública y la moral privada son dos caras de una misma y única realidad. La educación más cualificada para mejor reproducir el mismo sistema, tan injustamente desigual, no puede dejar satisfecho a ningún cristiano.
- Debemos poner al servicio de la sociedad, en sus mayores urgencias, la caridad social que organizada desde la comunidad -y sin renunciar a la denuncia por la justicia que falla, pues la caridad no sustituye a la justicia, sino que la exige, la anima y la prolonga-, hace todo lo que puede por sumarse a una vida digna para todos. Tenemos personas y medios, limitados ambos, pero muy importantes, que estamos poniendo y debemos multiplicarlos, al servicio de la sociedad. Admitimos las críticas, porque podemos y debemos mejorar en generosidad y eficiencia humana. Si algunas son injustas, la verdad siempre acaba saliendo a flote. La caridad es gratuita, y nadie nos debe alabanza alguna. Somos humanos, y sí agradecemos el apoyo moral y material.
- Queremos de los cristianos, también de nosotros mismos, una percepción más atrevida y exigente de la vida en común. En ese debate creemos que no debe evitarse esta verdad, "con menos y de otro modo, es posible vivir humanamente todos". Es, por tanto, concienciación sobre la austeridad como modo de vida. Y no para guardar más, sino para compartir más. Cuando se condiciona la justicia social al mismo modelo de crecimiento, y este crecimiento se presenta como necesario si se quiere crear empleo y competir, seguramente se está diciendo que quienes más pueden y tienen jamás van a renunciar a su modo y nivel de vida, ni aquí ni en ningún lado. Sólo nos queda entonces callar sobre qué crecimiento, cómo, dónde, por cuánto tiempo, para qué y quiénes...
En este camino, si los grupos sociales más débiles son una rémora, millones y millones de personas en el Sur serán población sobrante, superflua... y la justicia social o el bien común un principio moral a la medida de los ciudadanos de mi Estado, y esto mismo, cada vez con más dudas. El Estado Social de Derecho, se viene diciendo, es económicamente insostenible. No negamos sus dificultades e ineficiencias económicas, pero hay que aclarar muy bien eso de que es "insostenible" y por qué.
A lo mejor, más que insostenible, sucede que ya no le interesa al "dinero" porque "en cualquier lugar hay alguien dispuesto a hacer por menos y sin derechos el trabajo corriente". Nosotros creemos que el camino del mismo crecimiento financiero y economicista que traemos hasta aquí es insostenible, e injusto, con meridiana claridad. Creemos que se puede corregir para mejorar y que ha llegado el día de pensar en vivir de otro modo y con menos, todos juntos, y que bajo esta pauta habría que hacer "política" y "pacto social". Repetimos que "con menos y de otro modo, es posible vivir humanamente todos". Y en la perspectiva más estrictamente cristiana, decimos que "cuando se comparte lo propio, llega y sobra". Sabemos por experiencia cómo cuesta, y cuán idealista suena, pero el Evangelio de Jesús, idealismo con pies en el suelo, está preñado de esta sabiduría y ejemplos. La misma moral civil básica niega que sin ese concepto de bien común podamos seguir hablando de vida moral democrática en serio.
- Queremos mostrar, para el caso de la sociedad española, que o hacemos un reparto justo de los sacrificios para el bien común o, en su caso, la realidad financiera y económica internacional nos los impone de mala manera, ¡como está ocurriendo!; es decir, sin pactar, sin compartir, de prisa y con un pésimo reparto en los esfuerzos. Los más débiles, expulsados del trabajo, endeudados y sin futuro cierto, y sus familias, aguantan lo más duro del esfuerzo para ver si volvemos a crecer del mismo modo. Es una expectativa cruel que poco tiene de esperanza humana y cristiana.
- Queremos mostrar la riqueza humanizadora de la fe en su significado ético y espiritual para la dignidad de la vida humana en común. Entendemos la persona como dignidad incondicional y como relacionalidad constitutiva, porque así es Dios en Jesucristo (DCE-CiV), y así se nos manifiesta connaturalmente el ser humano. Nadie es digno en solitario, sino solidariamente, con los otros. Lo dicta la razón común y la fe lo corrobora con valor definitivo. Cuando nos alejamos de esta vertebración moral sustantiva para la vida social, el individualismo posesivo y solitario tiene todas las de ganar, a veces con la forma de personas "poderosas", a veces de corporaciones e instituciones, a veces de grupos de presión, y a su lado, millones de víctimas que lo son materialmente, porque viven excluidas, y espiritualmente, porque creen que su única "salvación" está en esas mismas estructuras. Y entonces, ya nadie cree en nada tangible, y la fe se pronuncia en un "campo" desértico.
Del nihilismo del sentido de la vida, a menudo, al nihilismo práctico para con la justicia social. Dos nihilismos, a veces, en distintos sectores sociales. Nos negamos a esto. Los cristianos somos tan realistas como lo reclama la experiencia cotidiana sobre el ser humano, pero es irrenunciable, ¡en la misma fe!, nuestra confianza en que es posible y debido mejorar la conciencia y las estructuras de la vida en común, el bien común. Sabemos algo sobre esto, podemos intentarlo y necesitamos quererlo.
- Queremos apelar y animar a la fe hecha caridad personal, y en lo que ahora destacamos, "caridad social", como denuncia por la justicia siempre, como suplencia temporal de la justicia en aquello que no puede esperar más, y como donación gratuita de lo que no es de justicia exigible, al menos hoy por hoy, y, sin embargo, el amor tiene claro que puede ofrecerlo, y lo ofrece. Ojalá acertemos a traducir en compromisos sociales bien concretos estas intenciones.
Desde luego, respetando carismas y sensibilidades en lo concreto, pero a sabiendas de que la caridad real, en relación con la justicia según lo dicho, no es opcional para las personas ni para la misma Iglesia. Nadie lea esto como una lección social o moral desde Lumen, ¡quién puede darla!, sino como una llamada a prolongar en la historia un cristianismo samaritano, justo y creyente, el de Jesucristo.
   
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