Enseñanza Religiosa Escolar  

   

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El pan que no se deja comer se endurece. Se hace un pan inútil. Y al fin termina o en el basurero o en la barriga de algún chancho. En cambio, el pan que se deja comer, se deja morir, no muere realmente sino que se transforma en vida de niños, en vida de grandes y pequeños.
Lo que no se da, se muere. Lo que se da vive. Lo que no se da, se endurece. Lo que se da sigue estando fresco. Lo que no se da, no sirve para nada. Lo que se da se convierte en nueva vida. Jesús dijo que “el grano que no muere, queda infecundo. Pero “si muere da mucho fruto”. Las vidas que no mueren renunciando a sí mismas, terminan muriendo en su infecundidad. Mientras que las vidas que mueren sacrificándose por los demás, son vidas que florecen en nuevas vidas y en nueva vida.
Jesús no encontró mejor expresión para sí mismo que el pan. En la última Cena quiso “dejarse a sí mismo” entre nosotros. Y nada mejor que hacerse pan. El pan se hizo Jesús. Y Jesús se hizo pan.
Y por eso, cada día tenemos la posibilidad de alimentarnos de él. Jesús sigue muriendo y transformándose en nosotros y transformándonos a nosotros en él.
El Jesús de la Eucaristía es “el pan rodeado de gente: niños, grandes y mayores, de hombres y de mujeres”. Es el pan “que es entregado”, es el pan “partido”, el “pan que se da y se entrega”. Y por eso es también el “pan de Vida”. “El que come de este pan vivirá para siempre”. “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”.
La mejor manera de no morir nunca es darse siempre. La mejor manera de vivir siempre es darse siempre. La mejor manera de que a uno no lo tiren por inútil al basurero, es dejarse cortar por los niños que tienen hambre, es dejarse comer por todos los que tienen el estómago vacío, es hacerse pan compartido en la mesa de familia.
Lo que estaba condenado a morirse dentro de mí, logra hacerse vida y supervivir en los demás. “Ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí”.
Hace unos años, una madre regaló el corazón de su hijo que había muerto en un accidente de tránsito. Ese corazón fue a parar a un señor que se estaba muriendo. Y la madre gozosa, decía luego: “mi hijo aún no ha muerto, sigue vivo en este señor”.
Como decía Gandhi, “el pan que tiene mejor sabor es el pan compartido”.
El mejor pan, el que se comparte.
Es el pan que sabe a mesa.
Es el pan que sabe a alegría familiar.
Es el pan que sabe a esfuerzo y a sudores.
Es el pan que sabe a molino, a harina y a masa.
Es el pan que huele a horno.
La mejor alegría, es la compartida.
La mejor esperanza, es la compartida.
El mejor vino, es el compartido.
La mejor mesa, es la compartida.
El mejor amor, es el compartido.
El mejor sol es el compartido.
Las mejores vacaciones, las compartidas.
La mejor y más caliente casa, es la compartida.
Porque lo que se comparte, se rescata del pecado.
Lo que se comparte, se rescata del egoísmo.
Lo que se comparte, se condimenta de amor.
Lo que se comparte, se condimenta de generosidad.
Lo que se comparte, huele a “Eucaristía”.
“Este es el Cuerpo que será entregado”.
“Esta es la Sangre que será derramada”.
Oración
Señor: Tú eres el pan que se hace vida.
Tú eres el pan que quieres que nosotros comamos.
Eres el pan que nunca se endurece, porque se hace Vida.
Eres el pan que nunca tiene moho, porque tiene el preservante del amor.
Haz de nosotros ese nuevo pan de tu Eucaristía.
Haznos pan para que coman los niños.
Haznos pan para que coman los hombres y mujeres.
Haznos pan blando para que coman los ancianos.
Danos la capacidad de poder compartirnos, aunque nos coman.
Danos la capacidad de hacernos el “pan de cada día” para los demás.
Que compartamos nuestro pan con todos los que no tienen pan.
Que compartamos nuestra alegría con los que están tristes.
Que compartamos nuestro tiempo con los que están solos.
Que compartamos nuestra esperanza con los que la han perdido.

 

 

   
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